Proletarios Unidos, vieja consigna del padre del Socialismo Ciéntifico Carlos Marx, es un espacio que intentará reflejar, acercar y unir a todos aquéllos que se sientan parte de la clase trabajadora sin distinciones de partidos o ideologías. Así y con respeto, la idea es volcar temas, consignas, debates , opiniones, etc, para fomentar, acrecentar, valorar y concientizar el papel, el rol y los derechos de la clase trabajadora. Como manda la historia nacemos un 1 de mayo.
jueves, 10 de diciembre de 2020
viernes, 4 de diciembre de 2020
Con Los Pumas se terminó
Los tuits brutales de los rugbiers confirman que son lo que parecen. Campeones del disvalor argentino, incivilizados que repiten los tics de una clase en total decadencia.
Hay cosas que no son materia opinable, que están más allá o más acá de la ideología, que son prepolíticas. Son cuestiones que forman parte de los contratos sociales, siempre variables y tan en movimiento como la historia. Esas cuestiones básicas de convivencia se llaman civilización, y sus pilares suelen relacionarse con la ética, con los maltratados “valores” que pasan de boca en boca y que enunciados no significan absolutamente nada: cobran vida en las acciones de los miembros de una comunidad.
Los tuits conocidos hoy de los mismos Pumas que hace dos días hicieron un desaire deportivo a alguien que superó a cada uno de ellos en esa materia en una proporción inmedible, y que ayer quisieron reparar su torpeza y su mediocridad con un gélido pedido de disculpas, son los que están ahí, en esas espontaneidades fascistas, racistas, misóginas, elitistas, ignorantes, brutales. Sus tuits resignifican sus caras inmutables cuando los rivales, que juegan a lo mismo pero proceden de sectores populares, homenajearon a Maradona: una incomodidad de clase que les era imposible superar. El problema del elitismo argentino es que no está compuesto por la elite, sino mayoritariamente por gente como ésta o peor, que no tiene mucama a la que revisarle el bolso para humillarla, sino que sueña con poder humillar a alguien.
Hoy Los Pumas expresan el nicho del disvalor. Expresan lo peor de este país. Expresan la ignorancia ortográfica y ontológica de esos sectores que cayeron en escuelas que los prepararon para el desprecio. Expresan, a pocos días de la muerte de un verdadero ídolo popular, que los cuadruplicaba en inteligencia, la decadencia de una clase que hizo pelota un país, que no se resigna a perder, y que no abandona la ilusión de la muerte del otro. Esto último, que es aberrante, es lo que ha animado a las elites latinoamericanas siempre, compuestas como están por descendientes de aventureros sin proezas ni libros de historia que los levanten.
Hoy Los Pumas son los bárbaros que todavía no aprendieron ni a hablar ni a escribir: tanto para una como para otra cosa, hay que poder decir alguna verdad. Desde que los All Blacks comenzaron su rito de homenaje hasta ahora, Los Pumas no han dejado de caer, cada vez más bajo, en el pozo de la infamia. Con Los Pumas se terminó.
Mensaje para los distintos
Mensaje para todos aquellos que se sienten distintos y están escribiendo boludeces en estas horas.
Kafka, era un apasionado de pornografía extrema, con niños y seres con garras, pero sus muros están llenos de sus frases, todos lo recuerdan solamente como un gran escritor y basta.
Leonardo Da Vinci, genio absoluto por La Gioconda y La última cena, fue acusado más de una vez de sodomía, y no obstante hacen filas en los museos para ver sus obras;
Miguel Ángel, famoso por la Capilla Sixtina, por La Piedad y por miles de otras obras, era un conocido pedófilo tolerado por la Iglesia, sin embargo, les brillan los ojos delante a su genialidad.
A D'Annunzio lo recordamos como un gran escritor, pero nadie lo acusa de haber amado el sexo y la cocaína sin límites.
Baudelaire, Freud, eran asiduos consumidores de opio y cocaína. Miles Davis era heroinómano, Billie Holiday, Charlie Parker, John Coltrane, Bill Evans, Chet Baker, murieron por el físico devastado por los abusos y por la heroína.
Los Beatles, Pink Floyd, The Doors declararon haber creado canciones bajo los efectos de LSD.
No me resulta que alguien haya jamás dicho: "Imagine de John Lennon, es bellísima pero él era un drogado de mierda. Sí, La Piedad es un capolavoro pero Miguel Ángel era un pedófilo asqueroso, la tromba de Chet Backer era algo celestial, pero fue un pelotudo, se la buscó, es justo que se haya muerto".
Los artistas deben ser considerados por las emociones, por las lágrimas, por las sonrisas que dejaron en cada uno de nosotros, por una poesía, por una película, por un cuadro, una escultura o por un tiro al arco.
Si eran personas normales habrían tenido una existencia banal y de mierda como la nuestra que, cuando moriremos pasaremos al olvido sin que nadie se haya dado cuenta de nuestras vidas.
Ellos, de normal no tenían nada y es justo que sea así.
Los peros y los porqué sobre la vida privada de ellos, sobre sus debilidades, sus melancolías, son solo ejercicios para moralistas ridículos, siempre listos con el dedito acusador que detesto profundamente.
Ahora, ese dedito, ya saben donde metérselo, estoy seguro.
Francesco M. Palumbo
ELEGÍA PARA UN DIOS VILLERO Por Mempo Giardinelli
Mientras miles de colegas despedían en diarios y radios a Diego Armando Maradona con dolor y anécdotas, emotivos y amorosos, yo me reprochaba, en mi exilio pandemial chaqueño, entre guayabos y mangos llenando de olores intensos la mañana y la tarde y la noche, me reprochaba, digo, no escribir ni decir una sola palabra sobre este hombre impar.
Sólo después de 24 horas entre lloriqueante y racional, fui reconociendo que una vez más la muerte determina nuestras vidas y a la vez nos une en el dolor y la esperanza.
Como sucedió con el viejo Don Hipólito, como con Evita y con Perón, como con Néstor, en estos días la muerte nos amalgamó a millones de compatriotas en una sola pena, un sólo llanto, que además es universal. Si hasta en Bangladesh, en Asia y a 17.000 kilómetros de distancia, también lo lloran muchos de los 164 millones de habitantes de esa ex colonia británica donde dicen que está la quizás más numerosa hinchada maradoniana del mundo desde el gol a Inglaterra en el Mundial de 1986.
Pero como no hay nada peor que la muerte para empezar a soltar lugares comunes, preferí encerrarme a llorar en silencio. Viendo como un testigo más, y en la tele, el adiós del mundo a este morocho argentino original y virtuoso, ejemplar único de una estirpe futbolera que resiste a dirigencias y negocios.
Y así miré un rato y apagué, y otro rato y vuelta a apagar, sollozante y moqueando como un niño con hambre. Hasta que me di cuenta de que mi corazón lloroso sencillamente le agradecía a ese dios villero el haber sido el tipo que más alegrías le dio al pueblo argentino en toda su historia. En toda.
Y el único que siempre fue sencillo de entender en su grandeza, y por eso su deidad. Eso, su deidad terrenal. Fíjense qué cosa rara, única. Una deidad que conocimos y aplaudimos, y que a la hora de su muerte deviene ícono representativo de un pueblo. El dios más inesperado, el más irreverente. El más nacional y popular, vamos.
Por eso el amor en el adiós que este país le dispensó estos días, se veía en todos los canales de tele y en todos los diarios de todo el mundo: porque era un adiós popular. Que como el amor popular, es incandescente y único, y así descubrimos todas y todos que sólo un dios irregular como fue Diego podía inspirar semejantes sentimientos. Semejante música rumorosa y ardiente, capaz de conformar una inesperada, increíble sinfonía al unísono de millones de personas que se daban cuenta de que a partir de esta muerte empezaba un silencio raro: el de una ausencia a la que nadie, absolutamente nadie, podrá acostumbrarse.
Había sido, descubrimos, que se nos ha muerto un dios. El único dios civil del mundo que no le debe ni le deberá jamás a nadie su grandeza, sus dislates, sus agudezas y su brutal, eso, su brutal sinceridad. O sea, su transparencia. Esa con la que podía darle un sopapo a los imperialismos con la misma naturalidad con que regalaba una sonrisa y una mano solidaria a los jodidos. Como cuando fue retenido en el aeropuerto de Tokio, y sin aspavientos, con el prodigioso sentido común de su pensamiento simple y certero, razonó: "No me dejan entrar a Japón porque consumí drogas, pero dejan entrar a los gringos, que les tiraron dos bombas atómicas".
Ese es el Diego que desde ahora vuela sobre nosotros, alcen los ojos y verán que no se fue, que no se va a ir nunca. ¿No ven, acaso, cómo sobrevuela la Argentina? Está en la punta de un iceberg en el Sur, está en la cima de los Andes innumerables, y está en las pampas de La Pampa, como en los ríos de Entre Ríos, y está en todos los barrios marginales de todas las ciudades y todos los pueblos, y sobre todo en las villas, en las taperas miserables donde millones de personas lo lloran y lo van a seguir llorando porque no se fue solamente un futbolista incomparable sino el tipo más impar que dio esta tierra y el más representativo del vocablo "pueblo". Un heterodoxo absoluto de la política y los "buenos modales" que desde ahora andará dando vueltas por ahí. Como un pajarito capaz de cantar de día y de noche para alegrarle la vida a la gente, a la paisanería que llamamos compañeros y compañeras.
Porque Diego no se fue. Los inolvidables nunca se van. En todo caso salen a dar unas vueltas por ahí, pero siempre están, arriba de todas y todos los que abajo los lloramos con sonrisas nostalgiosas, agradecidas, porque fue el tipo que más alegrías le dio al pueblo argentino.
Este puñado de palabras, este adagio sostenuto con pretensión mozartiana, no tiene punto final. El amor a los dioses no lo tiene, aunque sea un dios villero, sonriente y cachondo, irreverente y magnífico. Como nuestro Diego inmortal, morocho y villero.
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