lunes, 21 de agosto de 2017

ARGENTINOS, UNIDOS Y HERMANADOS EN DEFENSA DE SUS INTERESES (Parte 1)


Cuando el 16 de septiembre de 1955 los ecos de los bombardeos a Plaza de Mayo no habían cesado, el destituido presidente Juan Domingo Perón no vaciló en marcharse para no llevar a los argentinos a una guerra fratricida. El contexto internacional no lo ayudaba. Los gobiernos de América Latina ajenos a las directrices de Estados Unidos, habían ido cayendo como un castillo de naipes. La opción de “venderle el alma” al comunismo estalinista, por muy tentador que pareciese, hubiera sido como cambiar de dueños. Perón habló de costos de tiempo, en lugar de vidas argentinas. Pero si se abstuvo de reprimir o fusilar; ¿por qué los demás no? Al año siguiente, la asonada peronista comandada por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, fue aplastada a sangre y fuego aún cuando en el caso de los civiles de José León Suárez, no se había decretado la ley marcial. Pasaron casi dieciocho terribles años de ajuste, desnacionalización, de democracias condicionadas con proscripciones. La clase media opulenta de mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX, incluida la de Buenos Aires, visceralmente antiperonista, diez años después había sido empobrecida tanto por el gobierno de facto que habían apoyado con fervor, como por las administraciones siguientes. Hubo organizaciones políticas y armadas decididas a impedir el vaciamiento, pero el número de sus integrantes era ínfimo comparado con el de la cantidad de habitantes del país. Existía la indiferencia, la apatía, la resignación, el sálvese quien pueda, casi mancomunado con una parte de la organización sindical traicionando los intereses de sus representados. A pesar de llenarse las organizaciones peronistas de bases de hijos de antiguos “gorilas”, el retorno de Perón no terminó nunca de hacer raíces. La irresponsabilidad de los oportunistas colgados de las alas del anciano líder, alentaron la confrontación que necesitaban. A su vez, por “inercia combativa”, grupos armados pretendieron erguirse a manera de “iluminados”, luchar a nombre de un pueblo prescindiendo de las masas, para la cual terminaron siendo indiferentes, al punto de aplaudir el desbaratamiento de sus planes y de ponderar el “éxito antisubversivo” de los verdugos de las reivindicaciones de las mayorías. Pasaron siete años de una dictadura despiadada, una crisis económica terminal, una guerra perdida “en el nombre de la Patria”, aunque más no fuera el “manotazo de ahogado” para ver si “podían quedarse”. El resultado, un país destruido hasta sus cimientos y personas demasiado distraídas con la “fiebre del importado”, del entretenimiento, de la búsqueda de la pizarra bancaria que le otorgara mayor interés a los plazos fijos, la especulación mediante la compra de moneda extranjera, sin omitir la discusión instalada de si el “Tano” Vicente Pernía, debía reemplazar a Jorge Mario Olguín en el seleccionado rumbo al mundial de España. No fueron simplemente “víctimas incautas” de gobiernos en asocio a los emporios internacionales, sino también responsables de mirar hacia otro lado. Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI (DNI: 20573717)

domingo, 20 de agosto de 2017

Editorial de Aliverti del 19 de agosto { Resultados de las PASO }


El macrismo no es un golpe de suerte


Por José Natanson ¿Cómo se explica la victoria de Cambiemos en las elecciones del domingo? Propongo un método bastante empírico para enfrentar el desafío de entender los resultados: consiste en hacer de cuenta que el macrismo gobierna la ciudad de Buenos Aires desde hace una década, que hace dos años sorprendió con su victoria bonaerense y nacional y que, transcurrida la mitad de su mandato, logró revalidarse de manera contundente. Propongo, en suma, olvidarnos por un rato de las memes de Esteban Bullrich, sacudirnos el rechazo instintivo que nos genera la contemplación de la puesta en escena de sus festejos y, por fin, empezar a tomárnoslo en serio. Los motivos del triunfo, entonces. Como viene ocurriendo, Cambiemos desplegó una campaña profesional que se ajustó a lo que Jaime Durán Barba define como “disciplina estratégica”, es decir que no se apartó de la línea trazada, y que incluyó esfuerzos importantes como la abrumadora blitzkrieg mediática de María Eugenia Vidal de las 48 horas previas a la veda. Sin embargo, hay algo más que una simple habilidad táctica detrás del triunfo del macrismo, que el domingo pasado logró consolidarse como la fuerza más votada a nivel nacional, mejoró su performance respecto del 2015 y derrotó al peronismo en bastiones históricos. ¿Qué tendencias sociales consiguió interpelar? ¿Qué entendió Macri de la Argentina? PUBLICIDAD En primer lugar, el Gobierno identificó temas que venían generando una creciente preocupación social y sobre los cuales el kirchnerismo no había elaborado una política concluyente, entre los que se destaca el del narcotráfico. Por supuesto que el abordaje demagógico elegido no logrará resolverlo e incluso es probable que, como ha ocurrido con otros líderes latinoamericanos punitivistas, en algún momento se le vuelva en contra. Por el momento, sin embargo, alcanza con nombrarlo: no hace falta llevar años invertidos en sesiones lacanianas de veinte minutos para entender el alivio profundo que produce el mero hecho de poner en palabras un problema, de nombrar lo que hasta el momento permanecía callado. La política exige muchas cosas, entre ellas la capacidad de detectar las angustias sociales: el narcotráfico puede parecer extraño para quienes nos relacionamos con la droga a través de una maceta y vivimos en barrios alejados de la densa trama de relaciones entre capos, transas y soldaditos, pero aparece como una amenaza cotidiana, casi existencial, para quienes se ven obligados a convivir con él todos los días. La línea antimafia que subraya Vidal, presentada como una cruzada contra los poderes oscuros de la provincia, y las diversas declinaciones del giro punitivista oficial, son la respuesta –insisto: equivocada y peligrosa– a este problema. Pero hay algo más que la puntería programática detrás de la victoria oficialista en las PASO. Cambiemos, ya lo hemos señado, expresa una nueva derecha: democrática, dispuesta a marcar diferencias económicas con la derecha noventista, y socialmente no inclusiva pero sí compasiva. Para transmitir con eficacia esta idea fuerte, el macrismo se apoya en dos pilares. El primero es la decisión de prolongar el generoso entramado de políticas sociales construido por el kirchnerismo: Asignación Universal, jubilaciones, incluso las cooperativas del Argentina Trabaja, que en su momento había denunciado como un foco de clientelismo y corrupción. El segundo es su gestión en la Ciudad de Buenos Aires: como durante sus dos mandatos como jefe de gobierno Macri no rompió el consenso en torno a la universalidad de los servicios públicos (no privatizó las escuelas ni los hospitales y no les prohibió a los bonaerenses, ni siquiera a los paraguayos, atenderse en ellos), pudo construir la imagen de una administración eficiente y moderada, que además produjo una mejora importante del transporte público y que volcó recursos tanto al espacio público de parques y plazas como a la oferta cultural orientada a clase media. Esto no implica, aclaremos nuevamente, una evaluación positiva de su performance al frente del gobierno de ciudad, sino apenas reconocer que si se hubiera comportado de otro modo probablemente no hubiera ganado todas las elecciones porteñas desde 2007 y quizás tampoco la Presidencia. Porque el espejo de esta caracterización sosegada del macrismo es el agitado paisaje de trazo grueso que durante demasiado tiempo quiso pintar el kirchnerismo: la consigna “Macri basura/vos sos la dictadura”, en particular, reflejaba la incapacidad para comprender la verdadera naturaleza de la criatura política que tenía enfrente. Y en este sentido cabe preguntarse también si la insistencia en equiparar al macrismo con el menemismo noventista no resulta a esta altura igualmente estéril: aunque su programa macroeconómico de metas de inflación, altas tasas de interés y bicicleta financiera se alinea claramente con la ortodoxia, la decisión de no recortar el gasto público ni recurrir al despido masivo de empleados estatales, junto a la promesa de no reprivatizar las empresas públicas (ni siquiera aquellas que, como Aerolíneas, generan pérdidas), marca un contraste con los 90. El de Macri es un neoliberalismo desregulador, aperturista, anti-industrialista y, por supuesto, socialmente regresivo, pero no privatizador ni anti-estatista. Quizás esto explique por qué, pese al deterioro ostensible de la situación socioeconómica, un sector importante de la sociedad cree en la promesa oficial de que las cosas mejorarán pronto. Sucede que el neoliberalismo macrista incluye también una propuesta de justicia, sintetizada en la perspectiva de igualdad de oportunidades, la única referencia más o menos abstracta que el presidente se atreve a incluir en sus discursos. A menudo acompañada por exhortaciones a recuperar la “cultura del trabajo” y evitar “los atajos y las avivadas”, la igualdad de oportunidades es la respuesta que filósofos liberales notables, como John Rawls y Amartya Sen, han encontrado a las dificultades para congeniar igualdad y libertad en las sociedades contemporáneas. Aterrizada en la Argentina de hoy, la perspectiva encarna en el trabajador meritocrático, el verdadero sujeto social de esta nueva batalla cultural, y sintoniza con la tradición inmigrante que es parte constitutiva de nuestra cultura política: la idea de progreso en base al esfuerzo individual (a lo sumo familiar) que le permite al que llegó con una mano atrás y otra adelante progresar hasta ascender al mundo alfombrado de la clase media: el mito de “mi hijo el dotor”. Antes de que lluevan los tomates, aclaremos: que el oficialismo formule este discurso no implica que la gestión concreta de su gobierno lo esté llevando a la práctica ni que sus principales dirigentes sean ejemplos de self-made men: el del macrismo es un caso asombroso de herederos meritócratas. Pero el objetivo de esta nota no es denunciar la simulación de Cambiemos ni desnudar la oscuridad de su alma verdadera sino entender por qué sus propuestas resultan convincentes, indagar los motivos profundos de su eficacia, entender por qué funciona. El macrismo ha logrado expresar también ciertas marcas de la época. Sus apelaciones a los valores pos-materiales, aquellos que van más allá de las necesidades cotidianas de supervivencia, resultan seductoras para las clases medias acomodadas en un contexto de hipersegmentación social, en donde los sectores más privilegiados llevan una vida más parecida a la de sus pares sociales de Nueva York o París que a los sufridos compatriotas que viven en el Conurbano, a un colectivo de distancia. Esto se verifica en las vagas tonalidades ambientalistas del slogan “ciudad verde”, en la importancia atribuida al cuidado de uno mismo (expresada en la retórica new age, las bicisendas, las ferias de comida saludable) y en una revalorización de la cotidianeidad frente al sacrificio totalizante que exigía la militancia kirchnerista (Macri insiste con que sus funcionarios deben volver a casa antes de que anochezca a cenar en familia). Todos estos aspectos, fomentados por una gestión multi-target que se segmenta en sectores tan específicos como la secta de los runners, los reclamos éticos de los veganos y las demandas insondables de los amantes de mascotas, terminan de completar la idea del macrismo como una fuerza política moderna y cosmopolita, a la altura de los tiempos. Por último, Cambiemos se presenta como una renovación modernizante de la política. Sin entrar una vez más en discusiones acerca de la realidad concreta de sus acciones (la manipulación del escrutinio bonaerense desmiente este supuesto higienismo), señalemos que, auto-reivindicado como el primer partido político del siglo XXI, el macrismo se proclama como un paso adelante respecto de los vicios y las mañas de las agrupaciones tradicionales. Más pendiente de la época que de la épica, el oficialismo defiende una visión anti-heroica de los asuntos públicos, una reivindicación de la normalidad cuya gran escenificación es el timbreo. Concebido como un contacto directo entre el funcionario y las personas, el timbreo es espontáneo, informal, casi diríamos puro, en contraste con la forma favorita del populismo: el acto de masas y toda su parafernalia de organización, traslado, protocolo de oradores y largas negociaciones previas por los lugares en el palco. Decisivamente, el timbreo permite desplazar el eje del ciudadano al vecino. Aunque quien pulse el timbre sea un funcionario nacional, incluso un ministro, la gobernadora o el mismísimo presidente, la política se hace, en un pase de manos mágico, local: el mensaje es que son los problemas inmediatos y cotidianos los que realmente importan, los que el político, como muestran las fotos que luego circulan por los medios, se acerca a escuchar. El efecto es individualizante. Lejos de las asambleas, las movilizaciones o cualquier otra forma de apelación colectiva, el timbreo es la operación ideal de la política macrista porque sintoniza con su concepción de la sociedad como una agregación de individualidades. Al limitarse a un contacto bilateral funcionario-vecino, el timbreo apunta a la particularidad de cada persona: la singularidad de su problema concreto prevalece sobre su condición de clase o filiación política, que es lo que al fin y al cabo lo que hermana a los individuos en una identidad común y lo que, en última instancia, los construye como iguales. Rebobinemos antes de concluir. La amplia victoria oficialista en las PASO se explica por sus dotes de campaña pero también por el hecho de que expresa una alternativa política capaz de conectar con amplios sectores sociales. El macrismo no es, por recurrir a la fórmula de Ricardo Forster, una anomalía, un accidente o un golpe de suerte; es una fuerza potente que se encuentra en el trance de construir una nueva hegemonía. Los resultados socialmente negativos de sus políticas, el fondo individualista que late detrás de sus decisiones, la concepción liberal de justicia sobre la que sostiene su discurso lo empujan sin remedio a la derecha del cuadrante ideológico, pero es una derecha democrática y renovada, que hasta el momento estaba ausente de nuestra escena política. Esa es la gran novedad, la noticia que la oposición debería registrar si de verdad desea ganarle en octubre. * Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur

EL DESAPARECIDO QUE LE FALTABA A LA DICTADURA MACRISTA (Parte 1)


Cuando en los spots publicitarios el macrismo hablaba de “cambiar futuro por pasado”, a la mayoría de los argentinos no se les ocurrió con cuanta vehemencia ese trágico postulado podía hacerse realidad. Por supuesto, se conoce sobre la tristemente célebre existencia de minoritarios segmentos afines a los atropellos de la pasada dictadura militar, aunque más allá del intrínseco deseo de reiteración no reprimida, de seguro jamás supusieron ni en el más recóndito de sus sueños remotos de volver al pasado, que un hecho semejante pudiera tener lugar en territorio argentino. Cabe recordar las graves acusaciones de los sectores que hoy integran el actual desgobierno nacional, junto a sus apólogos, acusando al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de la desaparición de Julio López, previa a los descargos en juicio oral contra el torturador, Miguel Etchecolatz. No debe caerse en la fantasía de comparar la reciente desaparición de Santiago Maldonado con los sucesos de la Patagonia Trágica, los crímenes de la Conquista al Desierto, ni de las víctimas de La Forestal. Eso sería incurrir en devaneos cinematográficos que caricaturizarían la dimensión de las acciones perpetradas durante la eventual vigencia del Estado de Derecho en la Argentina. Sí, en cambio, encontrar relación entre una asociación ilícita adueñada del poder político, afín al modelo económico del mal llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, el cual como sus antecesores de facto, no tiene más argumentos que reprimir para obligar al acatamiento de lo inaceptable. Desaparición y “lágrimas de cocodrilo” La verdad de los hechos pudo demostrar claramente que al ser visto por última vez, el joven activista se encontraba contra su voluntad en poder de personal de Gendarmería, detenido de ilegalmente en el territorio ocupado por el lof mapuche de Cushaman. En tanto, tanto la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, como el resto de la administración encabezada por Mauricio Macri, se manifestaron al respecto y en caso de realizarlo, no lo hicieron de forma convincente. Las únicas declaraciones fueron las macabras y convincentes del diputado Esteban Bullrich, cuando se refirió a que “el camino emprendido todos los días tiene un pibe más que está preso”, aunque en esta ocasión no aclaró si con vida o muerto. La Comisión Provincial por la Memoria de Chubut, dio fe a través de su denuncia de la intervención del Jefe de Gabinete del Ministerio de Seguridad, Pablo Noceti, quien al encabezar el operativo hizo efectivos su anuncio textual de “detener a los miembros del RAM mapuche sin intervención judicial”. Como no toda la justicia se encuentra cooptada, el juez de Esquel, Guido Otranto, tuvo la valentía de intimar al régimen macrista para informar acerca de la detención. Emulando las palabras del dictador, Jorge Rafael Videla, al hablar de la figura del desaparecido como alguien “que no se encuentra vivo, ni muerta, porque en realidad no está”, Gendarmería informó en un escueto comunicado no tener consigo al activista, sin aportar mayores datos de las presuntas investigaciones adelantadas al respecto, a pesar de estar en la mira de la justicia y los ciudadanos. Transcurridos nueve días de la sustracción ilegal, organismos internacionales exigen de manera conjunta la aparición de Santiago Maldonado, en solidaridad con distintas entidades de derechos humanos nacionales o del exterior. De hecho, fueron realizadas marchas y manifestaciones Buenos Aires, La Plata, Bariloche y Neuquén capital, donde también se exigió la renuncia de Bullrich. También se convocaron marchas en Mar del Plata, Bahía Blanca, General Madariaga, Mendoza, Malargüe, El Bolsón, Rawson, Viedma, Rosario y Gualeguaychú. Fuera del país en Bogotá (Colombia) y Asunción (Paraguay). Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI (DNI: 20573717)

viernes, 18 de agosto de 2017

Patéticos


Al que le quepa el sayo que se lo ponga


La frase de José Pablo Feinmann que desnuda la corrupción del macrismo


El filósofo analizó el panorama político y fue contundente contra el Gobierno. El filósofo José Pablo Feinmann le concedió una entrevista a El Cronista para analizar las PASO, pero frente a las direccionadas preguntas de la periodista hacia "la pesada herencia" develó la corrupción macrista y tildó al Presidente Mauricio Macri de "ladrón de guante fino". El escritor analizaba el contexto político del país con el foco puesto en las PASO y el sobrevuelo de la idea de un giro hacia el neoliberalismo en América Latina. Sin embargo, una serie de preguntas buscaron que atacara a la ex Presidenta Cristina Kirchner, pero el que terminó en el ojo de la tormenta fue Macri. LEÉ MÁS: Macri de cara a 2019: "Si no soy yo, mi candidato a presidente será Peña" Ante una consulta que apunta a que las causas del resultado de la votación en la Provincia de Buenos Aires se encuentran en "la pesada herencia", Feinmann fue claro y sostuvo: "Es un voto de confianza a que sigan haciendo lo que hacen, se va a ajustar más... la gente querrá el ajuste, los tarifazos... Yo con Cristina vivía bien, íbamos a comer, podíamos tener algunos extras". En ese sentido consideró además que a CFK "se le tomó mucho odio, el odio se polarizó mucho en ella". Y frente a la insistencia sobre "la sombra de la corrupción" resaltó que "Macri también está complicado con lo del Correo, que equivale a 480 bolsas de José López". "Lo que pasa es que los ladrones de guante fino se cuidan mucho y trabajan mejor, no tocan la plata, ese señor López tocó la plata. Lo del Correo es escandoloso, no sé si no escandaliza, me asombra... La corrupción está en todas partes, yo veo más corrupción en los negociados de Macri que en los robos de gallina", enfatizó. LEÉ MÁS: El presidente del Banco Mundial anticipó que Macri hará ajustes Frente a la falta de la repuesta que buscaba, la periodista a cargo de la entrevista intentó por el camino del "final del ciclo político de CFK" y, otra vez, recibió un fuerte revés del escritor. "De ningún modo es el final de su ciclo. Si Carrió sacó el 50%, Cristina puede sacar el 80% en una presidencial. El votante es imprevisible", estimó Feinmann. También hubo espacio para plantear la renovación del peronismo sin Cristina, que "genera mucho rechazo". "Está Randazzo, Abal Medina, pero sacaron pocos votos. ¿Para qué Cristina va a dar un paso al costado? ¿Para que venga Massa?", fue la respuesta del filósofo sobre el recambio. En tanto que sobre el rechazo a la figura de la candidata a senadora por Unidad Ciudadana aseguró que también genera "mucha adhesión". "No sería raro que el peronismo se nucleara alrededor de la figura de Cristina, el peronismo siempre busca liderazgos fuertes y yo no la veo a Cristina acabada para nada", concluyó.