Archivo del blog

lunes, 28 de mayo de 2018

Editorial de Aliverti del 26 de mayo { FMI }


Nicolás Maduro reelegido Presidente de Venezuela con 5.850,000 votos (67,7%) para unos SEIS años


Participacion del 48%( mas de 9 millones)de un total de 20 millones de electores ... Todo un Fracaso de la Oposición con el 21% obtenido por el segundo candidato ( Falcón) Es la victoria nº 22 del Partido chavista El domingo 20 de mayo hay elecciones generales en la República Bolivariana de Venezuela. En un acto de soberbia injerencista sin par, el gobierno de Estados Unidos pidió (exigió) que las mismas se suspendan. ¿Cómo es eso posible? Venezuela es un país libre, y pese a todo lo negativo que pueda decir la prensa comercial del planeta, lleva adelante un proceso de transformación social con elecciones limpias y transparentes. La democracia allí es un hecho. Si Nicolás Maduro se mantiene en la presidencia, es porque el pueblo mayoritariamente así lo pidió. Las criminales medidas de desestabilización que aplica el gobierno de Washington (boicot, generación de mercado negro, desabastecimiento, provocaciones diversas, etc., etc.) buscan a toda costa terminar con el proceso bolivariano. De no conseguirse eso por esas vías, no sería improbable que opte por una salida militar, seguramente con apoyo de gobiernos títeres de Latinoamérica, enmascarado todo ello en una supuesta “defensa de la libertad” contra la “narcodictaura” que sufriría el país de Bolívar. ¿Qué pasaría si en una elección gubernamental de Estados Unidos, país soberano e independiente, otra nación también soberana e independiente hiciera similar pedido para que se suspendieran los comicios? Daría risa. O movería a una airada reacción de Washington quizá, quien probablemente amenazaría con una respuesta militar. ¿Por qué no sorprende esa monstruosa declaración cuando es la Casa Blanca quien lo hace? ¿Por qué, más que risa, eso da indignación? (sabiendo que lo dicho –en este caso por el vicepresidente Mike Pence– es una virtual amenaza para tomar muy en serio, y que luego de lo dicho pueden venir acciones concretas).Porque, tal como dijo el ex candidato presidencial hondureño Salvador Nasralla, “Estados Unidos es quien decide las cosas en Centroamérica” (expresión que se podría extender a toda Latinoamérica). La región de Latinoamérica y el Caribe, salvo algunas pequeñas posesiones europeas que continúan siendo colonias –oprobiosa rémora de siglos pasados: Guayana Francesa, Aruba, Bonaire, Curazao, Guadalupe, Martinica, etc.–, es un territorio libre. Libre, al menos, en términos formales de administración política. En otro sentido, en absoluto es un territorio libre. Es, desde la infame Doctrina Monroe de 1823, el traspatio de la gran potencia norteamericana. Lo dijo sin ambages en su momento el Secretario de Estado Colin Powell: los tratados de libre comercio firmados por Washington sirven para “garantizar para las empresas estadounidenses el control de un territorio que va del Ártico hasta la Antártida y el libre acceso, sin ningún obstáculo o dificultad, a nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el hemisferio.” Estados Unidos se siente dueño de este continente. En algún sentido, no solo se siente: ¡lo es! (claro que no en términos oficiales, por supuesto). Si alguien alguna vez pensó que desatiende su patio trasero poniendo su interés básico en otras zonas del planeta, se equivoca: esta región es vital para su sobrevivencia, por eso la cuida tanto. Por lo pronto Latinoamérica es su principal proveedora de materias primas y fuentes energéticas: el 25% de todos los recursos naturales que consume Estados Unidos provienen de la región latinoamericana. En términos estratégicos, el área latinoamericana es vital para la sobrevivencia y perpetuación de la clase dominante de Estados Unidos, representada por las políticas imperiales de la Casa Blanca. Sabiendo que la sociedad estadounidense, con su depredador modo de vida consumista necesita imperiosamente recursos naturales, es importante destacar que en Latinoamérica se encuentra el 35% de la potencia hidroenergética de todo el planeta (grandes ríos y sus inmensas cuencas, como el Amazonas, el Orinoco, el Paraná, etc.), que constituyen igualmente una enorme fuente de agua dulce de superficie, de importancia cada vez más crucial en el mundo dada su creciente escasez. Se encuentran en la región, además, el 27% del carbón de todo el mundo, el 24% del petróleo, el 8 % del gas, el 5% del uranio, así como grandes yacimientos de hierro y de minerales estratégicos (bauxita, coltán, niobio, torio –llamado a ser en un futuro el probable sustituto del petróleo–), fundamentales todos ellos para las tecnologías de punta (incluida la militar), impulsadas en gran medida por el capitalismo estadounidense. La búsqueda insaciable de minerales metálicos y no metálicos, imprescindibles para los nuevos procesos productivos (en cuenta esa industria bélica tan básica para el proyecto geo-hegemónico de Washington), ha traído como consecuencia una masiva entrada de explotaciones extractivas en toda la región latinoamericana, con capitales de Estados Unidos básicamente, a veces enmascarados en empresas canadienses, presuntamente más respetuosas en los cuidados medioambientales, pero siempre en la lógica de acumulación por desposesión (aniquilando biosfera, pueblos originarios y culturas ancestrales). Igualmente importante para el proyecto de dominación planetaria de la clase dominante estadounidense es Latinoamérica, en tanto su patio trasero y reserva “natural”, pues en la región se encuentra el 40% de la biodiversidad mundial y el 25% de cubierta boscosa de todo el orbe, lugares de donde puede obtener las materias primas para las industrias farmacéuticas y alimentarias. En tal sentido, es sumamente preocupante observar cómo se enseña en los centros educativos del norte lo correspondiente a la selva amazónica, presentándola como un territorio neutro, patrimonio de la humanidad, preparando así condiciones para el ingreso triunfal de las fuerzas estadounidenses en esa monumental reserva. Otro punto igualmente vital es el Acuífero Guaraní, en la triple frontera argentino-brasileño-paraguaya, segunda reserva mundial de agua dulce subterránea. Y ni decir Venezuela y sus enormes reservas de petróleo, calculadas en 300 000 millones de barriles, suficientes para más de 300 años de producción al ritmo de consumo actual (recordando que el consumo norteamericano de hidrocarburos es, hoy por hoy, el más alto del mundo –20 millones de barriles diarios–, superando en un 100% a quien le sigue: la República Popular China). Está claro, entonces, el porqué de la injerencia de Washington en el área latinoamericana y del Caribe: ¡esta es su reserva “obligada” de materias primas! Pero además son muchos otros los beneficios que obtiene Estados Unidos de su dominio en la región. La deuda externa latinoamericana asciende en estos momentos a cerca de un billón y medio de dólares, contraída por los gobiernos con los organismos crediticios de Bretton Woods: Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial, manejados en mayor medida por la banca privada estadounidense. Es decir: además de robar recursos en forma inmisericorde (disfrazados de legalidad, amparados en supuestas relaciones comerciales libres), el capitalismo norteamericano expolia a la región con el pago continuo de una deuda usuraria que posterga eternamente el desarrollo de los más pobres, acrecentando al infinito los lazos de la dependencia. Otro elemento importantísimo es la mano de obra barata que se ofrece en Latinoamérica. Es por ello que desde hace décadas se asiste a un creciente proceso de deslocalización de la industria en suelo estadounidense, trasladando numerosas plantas fabriles (maquilas, ensambladoras) y de servicios (los llamados call centers) a territorio latinoamericano, pues en nuestros países los salarios son infinitamente más bajos, obligándose a los gobiernos nacionales a establecer zonas francas para esas instalaciones, exentas de impuestos, sin sindicalización, sin controles medioambientales. En otros términos: un esclavismo disfrazado. Además de ello, la mano de obra latinoamericana y caribeña especialmente barata, más allá del perverso juego con las políticas migratorias de Washington donde se cierran fronteras y se construyen muros supuestamente para no recibir más “hispanos indocumentados”, es una fuente de aprovechamiento de los capitales del norte, pues encuentran en esas masas humanas desesperadas un recurso casi regalado para ciertas industrias, para el trabajo en el agro y para muchos servicios a través de los interminables ejércitos de indocumentados que viajan desde la región tras el “sueño americano”. Complementando todo lo anterior, no puede olvidarse que el sub-continente depende tecnológica y comercialmente en muy buena medida del gran país del norte, que a través de los mecanismos de “libre” comercio impone sus productos y servicios. En muchos rubros, Latinoamérica es un “esclavo” comercial de la producción norteamericana. En esa “libertad” empresarial, el único beneficiado es Estados Unidos. La situación no parece poder cambiar en lo inmediato dadas las actuales reglas de juego. Está claro, entonces, por qué Latinoamérica es fundamental en el proyecto hegemónico de Estados Unidos. No por otra cosa resguarda a la región con más de 70 bases militares de sofisticada tecnología, sin que se sepa oficialmente cuántas son con exactitud, y qué albergan exactamente. De hecho, dos de las instalaciones más grandes y poderosas están, “casualmente”, una en Honduras, muy cerca de las reservas petrolíferas de Venezuela, donde se está construyendo una enorme base militar que permitiría intervenir en el país petrolero así como en Cuba, y otra en el Chaco paraguayo: la base Mariscal Estigarribia, pudiendo albergar 20.000 soldados, cerca del Acuífero Guaraní y de las reservas de gas de Bolivia. ¿Por qué intentar detener las elecciones en Venezuela? La pregunta se contesta de suyo: es similar a por qué la estrategia de la Casa Blanca necesita desembarazarse de todos los gobiernos medianamente progresistas de la región (¡que no son socialistas en sentido estricto!, que llevan adelante programas sociales en el medio de planteos capitalistas, tales como el actual Venezuela, o los planteos peronistas en Argentina –ahora fuera del poder–, o los del Brasil del Partido de los Trabajadores –igualmente fuera de la presidencia ahora–, o el de Bolivia, o el de Nicaragua): son escollos, “piedras en el zapato” para la lógica de dominación estadounidense. No son gobiernos dóciles, que se prosternan mansamente ante los dictados imperiales, poniendo obstáculos a la entrada avasalladora de los capitales estadounidenses. Como gran potencia capitalista Estados Unidos no está derrotada, ni mucho menos. Pero ya no tiene la supremacía abrumadora de años atrás, cuando aportaba más de la mitad del producto bruto mundial, cuando el dólar era el patrón monetario global indiscutido y cuando sus fuerzas armadas se sentían dominadoras de la escena. Hoy aparecieron otros competidores en lo económico, con una China que ya está superando su producción industrial, un déficit fiscal propio que está socavando en forma acelerada el dominio del dólar, más una Rusia renovada con un arsenal bélico que dejó atrás la dominación norteamericana, y un panorama mundial que muestra que el mundo no es unipolar bajo hegemonía estadounidense sino que hay otros actores en juego.

Argentina: entre la crisis y las próximas batallas


El lunes 14 de mayo tuve oportunidad de participar en un debate con María Pía López, Aldo Casas, Martín Ogando y Martín Mosquera sobre la coyuntura argentina y sus posibles lecturas desde la teoría de Gramsci. Los eventos de las últimas semanas le dieron su impronta al debate. La situación abre interrogantes para el análisis y disyuntivas estratégicas y políticas. A continuación, un breve repaso sobre algunas de ellas. ¿Crisis orgánica? El concepto de crisis orgánica resulta útil para comprender escenarios en los que se configura una crisis económica, de los partidos y de la autoridad estatal en su conjunto, aunque no necesariamente se transforme en una revolución. Su uso para explicar la realidad suele presentar la dificultad de que es más fácil dictaminar cuándo comienzan las crisis orgánicas que cuándo terminan. En “¿Conviene o no conviene invocar al genio de la lámpara?”, Waldo Ansaldi planteaba que en la Argentina se abrió una crisis orgánica en 1930, que todavía no había encontrado solución a comienzos de los ’90. En diciembre del 2001, algunos hablamos de una crisis orgánica. Queda para los detallistas determinar hasta dónde se cerró completamente durante la “restauración kirchnerista” o mantuvo latentes elementos de continuidad. En resumen, la categoría permite comprender procesos de dislocación de la autoridad estatal que una vez que se abren no se cierran del todo, generando nuevos episodios, o como eventos independientes unos de otros. Los efectos, en todo caso, son los mismos. Por lo pronto, la situación argentina actual comienza a delinear elementos de lo que podría ser una nueva crisis orgánica (sea que la consideremos totalmente nueva o como reapertura de ciertos elementos que quedaron operando de la anterior): • La crisis del esquema económico que obliga a buscar el apoyo del Fondo Monetario. Es el primer episodio que va en la dirección del “fracaso en una gran empresa” de la clase dominante, en este caso la retórica de la modernización económica y el final del “populismo”. • La erosión de la autoridad del gobierno, cuestionado por un lado por su política antipopular y por otro por la imagen de explícito desmanejo, que une a la idea de “gobierno de los ricos” la de “gestores inútiles”. No es todavía una crisis del Estado en su conjunto. Pero la pérdida de autoridad del gobierno es un primer paso en ese sentido. • El malestar social, que se expresa en luchas puntuales en distintos lugares del país (docentes de Neuquén, trabajadores de Cresta Roja, Hospital Posadas, Río Turbio, Subte, entre otros) y fue precedido de las grandes movilizaciones de masas contra el 2x1, el movimiento de mujeres y las jornadas de diciembre de 2017. • El peronismo se fortalece coyunturalmente, pero atraviesa una crisis histórica cuyo desarrollo gradual y no explosivo permite una administración del declive pero plantea una gran cantidad de interrogantes sobre su futuro. En lo inmediato, las variables son más acotadas. La situación actual coincide en muchos de sus aspectos con lo que Trotsky denominaba “situación de transición” o “transitoria”, es decir una situación en la cual las principales variables de la relación de fuerzas no terminan de estabilizarse y puede evolucionar hacia mayores ataques reaccionarios o nuevos saltos en la lucha de clases. Los elementos enumerados para pensar el mediano plazo, operan de modo más inmediato y en función de cómo se resuelva el sentido de la flecha, el cambio de situación creará condiciones para un nuevo salto en la crisis o nuevos eventos de la lucha de clases. En la coyuntura está planteada una lucha política a propósito de con qué métodos y con qué programa enfrentar la política del macrismo. Dependencia José Aricó y Juan Carlos Portantiero hablaron de la Argentina como una “combinación de Oriente y Occidente”. En Los usos de Gramsci, Portantiero asimilaba a la Argentina con la categoría gramsciana de “capitalismo periférico”, aludiendo a países como España, Grecia o Portugal. Si bien estamos varios escalones más abajo en la comparación, la idea sobre nuestro carácter híbrido, sui generis, puede sintetizarse en la combinación de una forma estatal que imita la de un “Estado moderno” y una economía y realidad social acorde a la de un país dependiente con rasgos semicoloniales. Esto se expresa en el peso que tienen las empresas extranjeras en la economía nacional (el capital extranjero controla un poco más de 300 de las principales 500 empresas no agropecuarias ni financieras) y en la famosa restricción externa, es decir el hecho de que el país genera menos dólares de los que necesita. De “la joya más preciada de la Corona británica” hasta el “abrirse al mundo” del “mejor equipo de los últimos 50 años”, la realidad es que nuestro país no puede realizar un desarrollo independiente de los grandes poderes mundiales sin modificar una serie de cuestiones sustanciales. Diciembre y la relación de fuerzas Los asalariados y las asalariadas en actividad en la Argentina son 14,5 millones de personas. Si sumamos desocupados, jubilados y amas de casa (trabajo no remunerado) esta fuerza social llega a los 30 millones de personas. De algún modo, cuando el gobierno chocó con una movilización de masas y una muralla de piedras en diciembre del año pasado, tocó una avanzada, un núcleo duro de esa relación de fuerzas. Con la cara llena de dedos, decidió pasar a una política de ataques puntuales, abandonando las batallas campales. Las condiciones impuestas por el curso de la macroeconomía posiblemente generen nuevo escenarios de lucha de masas. Veremos. Y nos prepararemos. En el plano político, el asunto se vuelve más laberíntico. A fines del año pasado, en medio de los fuegos de la batalla contra la reforma previsional, el peronismo (en especial en su variante kirchnerista) le proponía a la izquierda una división de tareas “gramsciana”: que nosotros pusiéramos “el mito” (la movilización combativa, el enfrentamiento con la policía, las denuncias inflamadas de Bregman y del Caño) para que ellos armaran “la recomposición política”, o sea un frente peronista para el 2019. Pasados los fuegos de diciembre, apareció la consigna del Partido Conservador: “Hay 2019”, que va acompañada de un notable quietismo del sindicalismo peronista y kirchnerista (aunque este realiza a veces algunas acciones testimoniales) en todas o casi todas sus variantes. Por eso cuando Gramsci hablaba del rol de los sindicatos y partidos como “policía” o Trotsky enfatizaba la importancia de independizar los sindicatos del Estado como precondición para cualquier lucha de clases seria, no estaban “repitiendo el cuento de la burocracia” como dicen los mismos burócratas, sino señalando cuáles son los obstáculos para que la fuerza social de la clase trabajadora, unida a todos los sectores oprimidos de la sociedad, pueda organizarse para luchar en vez de esperar que nos vayan golpeando a cada uno por separado. La clase trabajadora necesita dar una respuesta unificada a los ataques y a su vez estructurar una política alternativa a la del peronismo en todas sus variantes. Porque las distintas variantes peronistas prefieren que Macri siga “chocando la calesita” antes que promover un proceso de movilización de masas que termine con esta farsa.

Hasta " ellos " te lo dicen


Todo sube


Lógica neoliberal


Pesadillas subterráneas


Así se derrumba el salario


domingo, 20 de mayo de 2018

Editorial de Aliverti del 19 de mayo { Explicación de Economía }


Caracterización del facho


Muy claro


Así cualquiera


Campaña negativa


Decálogo de CAMBIEMOS


El " Republicano "


Editorial de Aliverti del 12 de mayo { Dólar Record }


Editorial de Aliverti del 5 de mayo { Panorama General }


Bufón


Anti populares