miércoles, 1 de julio de 2020

Hay libros cortos que son grandes libros. Tal es el caso de Karl Marx 1881-1883. El último viaje del Moro, de Marcello Musto.


El original en italiano fue publicado en 2016 por Donzelli Editore y la versión en castellano salió por Siglo XXI México este año, con traducción de Agustín Santella. El texto tiene 184 páginas y su autor es un reconocido especialista en la obra y vida de Marx. Este libro tiene particular importancia para el público latinoamericano porque se refiere a un momento de la trayectoria de Marx en el que este abordó directamente problemas relacionados con cuestiones que se discuten en nuestro subcontinente dentro y fuera del marxismo: la relación entre el marxismo y los países periféricos, la relación entre la clase obrera y otros movimientos o sectores populares, la interpretación del marxismo como supuesta "filosofía de la historia" de corte "eurocéntrico", entre otras. Pero más allá de esa peculiaridad, vale leerlo por su apuesta global. Musto propone revalorizar el trabajo del último Marx. En esto se diferencia de algunos de sus principales biógrafos dentro del marxismo –como Mehring o Riazanov– que consideraron poco productivo teóricamente el período de sus últimos años. El primer capítulo del libro presenta a Marx en su casa ubicada en Maitland Park Road 41, en un barrio periférico londinense. Libros por todas partes y un aparente desorden cuya lógica sin embargo era clara para Marx, que siempre encontraba lo que buscaba, para seguir trabajando. En ese momento, tenía en preparación el Libro segundo de El Capital, que finalmente fue publicado de manera póstuma por Engels. La casa era un lugar de encuentro para numerosos personajes relacionados con el movimiento socialista, encuentros que se fueron apagando en la medida en que empeoraba la salud de Marx y la de su esposa Jenny. Musto destaca el estudio por Marx de una serie de obras, del cual dejó testimonio en sus Cuadernos antropológicos (también conocidos como Cuadernos o apuntes etnológicos). Aquí se destacan las reflexiones de Marx sobre el libro de Lewis Morgan La sociedad antigua, las cuales fueron retomadas luego por Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Junto con este libro, también comentó Java, o cómo administrar una colonia de James Money, El poblado ario en India y Ceylan de John Phear y Lecciones sobre la historia antigua de las instituciones de Henry Maine. Musto subraya que las reflexiones de Marx sobre estos textos, especialmente sobre el de Morgan, estaban orientadas a la búsqueda de una ampliación de los conocimientos sobre áreas geográficas y tiempos históricos distintos de la historia reciente europea. A través de este estudio, Marx pretendía profundizar la crítica de la economía política. Entre la publicación del Libro primero de El Capital y estas lecturas, Marx había prestado especial atención al libro de Kovalevski La propiedad común de la tierra (1879), de modo tal que con nuevos materiales intentaba avanzar en una comprensión más profunda de la historia de los modos de producción anteriores al capitalismo. En ese contexto, resultaba muy significativa la investigación de Morgan, que cuestionaba la familia patriarcal como forma originaria de organización social. Retomando la importancia de la gens estudiada por Morgan, cuyo “linaje” se definía por línea materna, Marx criticaba los planteos de Maine en sus Lecciones, tildándolo de “estúpido inglés” por naturalizar la familia patriarcal. En la perspectiva de Marx, este tipo de organización familiar se asociaba directamente con la servidumbre primero y con la propiedad privada moderna después. También cuestionaba el fetichismo de Maine en relación con el Estado, señalando que el Estado era una excrecencia del desarrollo social, aparecida en determinado momento de la historia y destinada a desaparecer cuando la sociedad humana lograse nuevos grados de desarrollo, superando la división en clases. De Morgan destacó Marx la cuestión de la paridad entre hombres y mujeres, así como sus reflexiones sobre la decadencia de la sociedad moderna dominada por la propiedad privada y el Estado y su utopía de una suerte de retorno (en otras condiciones) a las formas antiguas de organización social. La perspectiva de Marx era diferente, en tanto no pretendía volver a un pasado idealizado, sino revolucionar la sociedad actual para dar lugar al desarrollo de un modo de producción que superase las contradicciones de clase y creara condiciones para la supresión de las diferencias por raza y género, que Marx consideraba necesario combatir de manera permanente para que la clase trabajadora pudiera ser independiente de la burguesía. Recordemos que ya en sus Manuscritos de 1844 había planteado que la situación de la mujer en relación con el hombre debía ser tomada como medida del progreso de la sociedad (idea ya presente en el socialista utópico Fourier). Posteriormente, la cuestión de la subordinación de la mujer al hombre había sido retomada por Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, como un primer antecedente de la lucha de clases, reflexión que completaba las de Marx en sus apuntes. Marx había anotado varios insultos en los momentos en que Maine realizaba comentarios racistas, pero es sobre todo en torno al libro de Phear que analizó los perjuicios generados por la presencia europea en Asia. La cuestión de las posiciones de Marx sobre el colonialismo ha sido muy discutida, especialmente en América Latina, donde las corrientes nacionalistas burguesas intentaron presentar reiteradamente a Marx como un apologista de la expansión colonial. Se basaron en su primera evaluación de la colonización de la India como algo humanamente reprobable pero históricamente necesario (1853). Pero olvidaron casualmente los posicionamientos posteriores de Marx en apoyo a la lucha de los pueblos de la India y China contra los británicos (1857). Musto expone con sencillez y claridad lo insostenible de estas acusaciones. Prosigue Musto señalando el interés de Marx por las matemáticas, que lo llevó al estudio del análisis matemático y el álgebra, del cual surgieron unos apuntes que quizás no impliquen ninguna contribución especial a la materia, pero testimonian el interés multidisciplinario de Marx y su intento de darle base científica a sus investigaciones económicas, tanto desde el punto de vista empírico como de las demostraciones lógico-matemáticas. El segundo capítulo rescata los análisis de Marx sobre la comuna rural rusa. Recordemos que ante la consulta de Vera Zasulich, Marx había respondido que no veía razones para transformar la explicación de la acumulación originaria capitalista desarrollada en el cap. XXIV del Libro primero de El Capital en un esquema por el cual tuvieran que pasar todos los países. Particularmente sobre la comuna rusa, señalaba que había una diferencia sustancial entre el paso de una forma de propiedad agraria comunal a otra privada y de una pequeña propiedad privada a una gran propiedad (como había ocurrido en el caso de los campesinos del Reino Unido). A su vez destacaba que, habiendo sobrevivido hasta el desarrollo del capitalismo moderno en Occidente, la comuna rusa podía valerse de los adelantos técnicos para superar las dificultades a que la sometía el régimen zarista. De este modo, Marx no descartaba que en Rusia pudiera pasarse de la comuna campesina a una forma de colectivización socialista. El debate sobre este tema ha estado presente en América Latina por varias razones. Una de ellas es que uno de los principales marxistas del subcontinente, José Carlos Mariátegui, planteó algo muy parecido sobre la comunidad indígena en el Perú, sin haber conocido la posición de Marx (la carta se publicó en ruso por primera vez en 1926). La otra surge de los debates sobre Marx y América Latina, donde se destaca la intervención de José Aricó, rescatando las mismas lecturas realizadas por Marx sobre las que Musto llama la atención, aunque sin entrar tan en detalle como Musto en su análisis específico [1]. Por último, es tema de discusión reciente a partir de las intervenciones de Enrique Dusell y más en general por el cuestionamiento realizado por la llamada corriente "decolonial" contra el supuesto "eurocentrismo" de Marx como individuo y del marxismo como teoría. Estos debates fueron retomados también en la Argentina por autores marxistas como Néstor Kohan y Ariel Petruccelli. Este último aborda el tema en un libro reciente, titulado Ciencia y utopía en Marx y en la tradición marxista (2016), en el que realiza un análisis minucioso de estos intercambios de cartas entre Marx y Vera Zasulich, así como de los intercambios de cartas entre Engels y Danielson, rescatando la posición de Marx en términos de una lectura sobre la posibilidad de una revolución socialista en Rusia, saliendo de cualquier esquema etapista o teleológico. Musto reivindica los análisis de Marx como parte de su interés por conocer otras realidades históricas y geográficas que le permitiesen entender la realidad del capitalismo, pero también como un posicionamiento político a favor de los revolucionarios rusos, a los que apoyaba más allá de las cuestiones estrictas de programa o estrategia, por considerar que Rusia y el Reino Unido eran los baluartes de la reacción europea. Muestra que el análisis de Marx expresa una lectura del desarrollo histórico en términos multilineales y un interés por la comprensión de las realidades singulares, desde una lectura que buscaba articular lo más posible una comprensión de la totalidad, acorde con su concepción dialéctica. Sin embargo, a diferencia de otras posturas, sostiene que Marx no fue un "orientalista" (en el sentido de adjudicar a los países asiáticos ciertas características peculiares de "atraso" pintoresco) ni hizo una suerte de "giro tercermundista" ni una ruptura con sus posiciones anteriores. Propone leer la posición de Marx en términos de un desarrollo de sus elaboraciones precedentes. Para fundamentar su interpretación, recuerda que Marx nunca dejó de lado la idea del proletariado moderno como sujeto revolucionario (lo cual se puede constatar en sus críticas al libro de Bakunin Estado y Anarquía de 1875). A su vez, destaca que Marx sostenía la ligazón de la revolución en Rusia con la revolución europea lo cual estaba planteado en su prólogo de 1882 a la edición rusa de El Manifiesto del Partido Comunista, escrito con Engels (cuestión que en la carta a Zasulich no estaba abordada exactamente en los mismos términos, sino sobre todo señalando la importancia de que la comuna rusa tomase la tecnología de Occidente). El tercer capítulo aborda las vicisitudes de Marx, su compañera Jenny von Westphalen y sus hijas, mostrando las penurias a las que estuvieron sometidos, más por los problemas de salud y la muerte de Jenny que por la precariedad económica (que también marcó su existencia pero frente a la que contaron siempre con la colaboración incondicional de Engels). Asimismo analiza las dificultades para la difusión de El Capital en Europa, los debates con los socialistas británicos, alemanes y franceses. Con estos últimos Marx había discutido y elaborado un "Programa electoral de los trabajadores socialistas" (1880) que figura como apéndice del libro, en el cual resumía los objetivos comunistas ligándolos a ciertas reivindicaciones inmediatas como la limitación de la jornada laboral, la libertad de prensa, la abolición de los impuestos que afectan los salarios, la anulación de la deuda pública y otros. En relación a los problemas de programa y estrategia, Musto destaca el rechazo de Marx a presentar planteos predeterminados por fuera de las situaciones concretas. También había rechazado la propuesta de "salario mínimo" de Lafargue, porque consideraba que le dejaba servida en bandeja a la burguesía la posibilidad de "transformar el mínimo en máximo". De una discusión con el socialista holandés Nieuwenhuis, el autor rescata la idea en Marx de la revolución como un proceso “largo y complejo”. Si bien Musto repasa con exactitud las discusiones realizadas por Marx en ese momento (1881-1883) se podría ampliar un poco más el abordaje de la cuestión para profundizar en el conocimiento de las reflexiones políticas del último Marx. Podemos destacar que después de la Comuna de París Marx saca conclusiones sobre el problema del Estado, especialmente la necesidad de la clase trabajadora de destruir el aparato del Estado burgués una vez conquistado el poder, como sostiene en La guerra civil en Francia (1871) y en el prólogo a la edición alemana del Manifiesto del Partido Comunista de 1872. En el mismo sentido, sus críticas al Programa de Gotha (1875), especialmente sobre su concepción del Estado y su visión reformista del socialismo y las posiciones vertidas junto con Engels en la circular de 1879 a Bebel, W. Liebchneckt, Bracke y otros. En esa carta, ambos amigos fustigaban a Bernstein y otros socialistas alemanes por su posición de diluir el carácter obrero del partido y transformarlo en un partido de la democracia burguesa, alejado de la lucha de clases e incluso opuesto a ella. En síntesis, entre 1872 y 1882, podemos decir que Marx hizo mucho hincapié en una definición rigurosa de las tareas de la revolución frente al Estado, en la defensa del carácter proletario del partido y del método de lucha de clases y en el marco de que no avizoraba una revolución inminente, propugnó la táctica de la intervención electoral. Durante la enfermedad de Jenny, Marx elaboró una cronología histórica que iba desde el año 91 AC hasta la Paz de Westfalia que había dado fin a la Guerra de los Treinta Años en 1648. Desde la antigua Roma pasando por el Imperio carolingio, las ciudades-estado italianas, las Cruzadas, la república florentina y las guerras de religión europeas, Marx prestó especial atención a los cambios en las formas del Estado. La muerte de Jenny el 2 de diciembre de 1882 fue un golpe irremontable para Marx, que además de los crecientes problemas de salud (especialmente problemas respiratorios) se había quedado sin su compañera de toda la vida. Las últimas páginas del libro recuerdan un insólito viaje de Marx a Argelia, permaneciendo en Argel durante 72 días entre febrero y mayo de 1882. Lo insólito del viaje tiene que ver con sus pésimos resultados. Destinado a servir como una experiencia que mejorase su estado de salud, finalmente le impuso nuevos sufrimientos porque, a contramano de los pronósticos que habían entusiasmado a Engels para impulsar a su amigo a realizar el viaje, el tiempo fue pésimo y el invierno muy frío. En la correspondencia escrita desde Argel, Marx expresa simpatía por el pueblo argelino y observa con mucha atención las diferencias de costumbres con Europa occidental, así como los elementos de hibridación entre las dos culturas producto de la colonización francesa. De vuelta hacia Francia y luego hacia Inglaterra, pasó por Montecarlo y retrató con ironía y cierta perplejidad las costumbres y los personajes que campeaban por esa ciudad en la que todo giraba alrededor del Casino, llena de aventureros y ricachones. La muerte de su hija Jenny en enero de 1883 y su muerte en marzo del mismo año cierran el relato de las vicisitudes de un hombre que alguna vez dijo que la felicidad estaba en la lucha y que su obra El Capital iba a ser un golpe en el plano teórico del que la burguesía no se recuperaría jamás. El texto de Musto recoge estas y otras peripecias, con un nivel de detalle destacable, tanto que podemos imaginarnos a Marx leyendo a Esquilo o a Cervantes o mirando con desconfianza a Kautsky ("es inteligente pero tiene el tipo del filisteo" había dicho) o encorvado sobre pilas de libros de economistas y sociólogos rusos. Al mismo tiempo, reconstruye con mucha empatía sus relaciones afectivas, sus preocupaciones, su angustia por no poder estar trabajando a tiempo completo por la causa de la clase trabajadora y el pueblo. Pero también expone la fuerza de un pensamiento que incluso en las peores circunstancias fue capaz de encontrar nuevas puntas para tirar del hilo, pensar la historia, la política y las iniciativas prácticas necesarias para la lucha revolucionaria. En síntesis, un libro de mucha actualidad para pensar las potencialidades del marxismo, de cara a una nueva crisis histórica del capitalismo.

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